Fear Of Missing The Best

Fear Of Missing The Best

Periodista especializado en café, crítico y periodista de música en prensa y revistas especializadas; editor y creador de contenido en radios y portales digitales en Chile y Reino Unido. @edmundovelosov

Nos gusta ordenar el mundo. Así funciona nuestro sistema nervioso, como un firewall, un encuadre, más que una traducción de estímulos donde muchas frecuencias, las que alegadamente no son evolutivamente necesarias, quedan fuera. Inevitablemente si nos gusta hacer listas de discos, películas y series vamos a querer clasificar cuál es el mejor restaurante, el mejor chef y, por supuesto, cuál es la mejor cafetería. Es parte de nuestra biología generar orden. Pero todo orden es –y quiero ser majadero en este punto– una construcción más que un espejo.

Detrás de cada ranking hay un ejercicio inevitablemente antojadizo. Por más que se intente revestir de metodología, la palabra “best” es mucho más difícil de traducir de lo que parece. Pensemos en los discos: están los “greatest hits”, los “the best of”, los “the very best of” y los “the singles”. Cada uno advierte un producto o una curatoría muy distinta. Entonces, ¿mejor en qué sentido? ¿El café con mejor puntaje en taza? ¿El servicio más pulcro? ¿La mayor innovación? ¿O simplemente el proyecto que mejor supo posicionarse en la mente de un grupo de votantes o de “palos blancos”?

Más aún, cuando la decisión desde un celular, se tuerce en un acto abstracto: requiere un par de clics, responder un formulario o marcar una casilla basada en un recuerdo difuso, en la reputación de un nombre o en la empatía con un proyecto o alguna amistad, no necesariamente desde la vivencia diaria. De rebote, estas listas generan un fenómeno predecible: atraen a un público curioso que llega buscando mimetizarse con la tendencia y lo viral, impulsados por la tiranía del FOMO o, podríamos mejor llamarle específicamente a este fenómeno zombie como FOMB: FEAR OF MISSING THE BEST. Visitan el lugar, consumen la experiencia y, muy probablemente, no regresan jamás. La lista cumple su objetivo de visibilidad, pero no construye arraigo. No regresan jamás, valga la subrayada, porque no fueron jamás.

Cabe precisar que el sentido común revela que la verdadera votación siempre ha ocurrido en otra parte, o en otro plano de conciencia y de sintonía con la experiencia y con la gente que la hace posible. Quienes llenan una cafetería todos los días, quienes conversan con el barista y piden su café de siempre, muchas veces ni siquiera saben que existe un proceso de selección en internet. No participan en encuestas digitales ni les interesa calificar lugares en una plataforma. No necesitan votar desde un computador porque su elección no es conceptual: es física, diaria y concreta. Deciden yendo una y otra vez.

Cuando alguien decide tomar el camino largo de vuelta a casa, o esperar por algunos minutos en una fila solo para tomar café en el mismo lugar de siempre; incluso teniendo una decena de opciones nuevas –y “mejores” según un ranking– por explorar, está emitiendo un voto real. Cada vez que volvemos a una cafetería, estamos dejando de ir a todas las demás. Una lista digital no crea comunidad, es solo clickbait. La cafetería que aparece en la cima de una clasificación hecha desde una pantalla puede no ser, en absoluto, la cafetería que la gente de verdad elige para su vida. La votación está en la calle.