«Even bad coffee is better than no coffee at all.» La frase, atribuida a David Lynch, suele interpretarse como una declaración de amor incondicional al café. Pero también es una lección sobre prioridades. Antes que una bebida perfecta, el café es un ritual. Y Lynch sabía de ver magia escondida en la aparente normalidad suburbana. La ironía, por supuesto, está llena de capas, como los pliegues de una oreja tirada en medio del césped. Porque Lynch tenía también en casa una La Marzocco GS/3, una de las máquinas domésticas más sofisticadas que existen. Como el gato de Schrödinger, ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Escena: un cliente entra a una cafetería cualquiera buscando un café y, antes de recibir la taza, debe responder una batería de preguntas. ¿Espresso o filtro? ¿V60, Kalita, Origami o Chemex? ¿Lavado, natural o anaeróbico? ¿Leche con o sin lactosa? ¿Bebida vegetal de soya, almendra o avena? Parece un chiste de Curb Your Enthusiasm —¡Un latte! ¡Mira qué novedoso: café con leche! —imagino decir a Larry David.

Es el legado de Starbucks. Aprendimos que un café también podía ser una declaración de identidad. La bebida soy yo. Hoy hablamos de origen, trazabilidad, variedades botánicas y procesos de fermentación con una naturalidad impensada hace veinte años. El café se parece hoy a caminar con un libro debajo del brazo. Pienso en Teresa, en La insoportable levedad del ser, llevando Ana Karenina a todas partes, no sólo porque la estuviera leyendo, sino porque ese libro decía algo de ella.
Tener más opciones no siempre significa tener más libertad. Steve Jobs sabía bien que la gente no sabe lo que quiere, y acá estoy, escribiendo esta columna en un MacBook Pro. ¿Y si el consumidor nunca quiso tantas opciones? Fue Starbucks quien cimentó un imperio sobre la personalización, y la tercera ola —que tanto repudia a la cadena de Seattle pero que la venera en secreto— no rompió esa lógica: simplemente cambió los jarabes por procesos, las mezclas comerciales por microlotes y los frappuccinos por affogatos. El lenguaje es distinto, pero la premisa se mantiene intacta: mientras más elige el cliente, mejor será su experiencia. O eso va a terminar creyendo.
Esta tarde escuché Tommy de The Who y mientras cerraba con We’re not gonna take it, no pude evitar pensar que los coffee lovers se parecen un poco a los seguidores de Tommy que no estuvieron dispuestos a dejar sus adicciones, convencidos de que la salvación es cosa de decisiones. Elegir agota. Pero dejar ir libera. Parafraseando a Cerati, que dijo que la música estaba en los cables, tal vez Lynch tenía razón y el café no está en los detalles, está en la dedicación. Y si no la hay, mejor tener una La Marzocco en casa y no pedirle nada a nadie. Como en Tommy, todo es vibración.