Put your money where your coffee is

Put your money where your coffee is

Periodista especializado en café, crítico y periodista de música en prensa y revistas especializadas; editor y creador de contenido en radios y portales digitales en Chile y Reino Unido. @edmundovelosov

Hablar de sostenibilidad en café se volvió fácil. Está en el discurso, en las pizarras, en los posteos y en las declaraciones de principios. Lo difícil sigue siendo lo mismo de siempre: pagarla.

Porque antes de hablar de borra reutilizada, paneles solares o vasos compostables, hay un dato obstáculo que muchas veces se pasa por alto: el café es uno de los productos agrícolas más expuestos al uso de pesticidas en el mundo. Y eso no es un detalle menor ni una nota al pie del packaging.

Producir café sin estas prácticas implica costos más altos, mayor control, procesos más lentos y, muchas veces, menor volumen. Implica también reducir riesgos como el mold (moho), que no solo afecta la calidad del grano, sino también la salud de quienes lo consumen y lo trabajan. Todo eso ocurre mucho antes de que el café llegue a la barra. Empieza en el origen. Y su primer eslabón —inevitablemente— es contar con café de especialidad, idealmente tostado localmente, con trazabilidad real y no solo declarativa.

En ese punto, la Región de Valparaíso tiene una ventaja concreta y poco discutida: la enorme cantidad de tostadores locales, especialmente en el eje Viña–Concón–Valparaíso. Esa densidad permite acortar la cadena, reducir transporte, mejorar frescura y sostener economías más directas. Pero incluso esa ventaja tiene un límite: el café responsable cuesta más.

Después viene todo lo demás. Proyectos que reutilizan la borra del café, sistemas de eficiencia energética, reducción de residuos, mejoras en el uso del agua, incluso paneles solares en cafeterías que hacen malabares para llegar a fin de mes. Ese despliegue ambientalista —real, concreto, bien intencionado— no existe en el vacío. Depende, siempre, de un cliente dispuesto a invertir. No solo en una taza, sino en un modelo de negocio y, por extensión, en un modelo de mundo.

Recientemente fui jurado de la Ruta de Cafeterías Sustentables de la Región de Valparaíso y la conclusión fue incómoda. En el ecosistema actual es prácticamente imposible encontrar proyectos que tengan la capacidad de inversión para ser cien por ciento sustentables. No por falta de voluntad, sino por una ecuación económica que no cierra.

La sostenibilidad total, hoy, es un ideal. Un horizonte. No una realidad cotidiana para la mayoría de las cafeterías, hoteles o restaurantes. Y exigirla sin entender el contexto financiero es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, profundamente injusto. Aquí aparece la pregunta que nadie quiere formular en voz alta: si decimos valorar la ética, el origen limpio, la producción responsable y el impacto ambiental reducido, ¿estamos dispuestos a pagar por eso?

Porque la ética no funciona cuando no altera el precio final. No sirve cuando solo aplica si cuesta lo mismo que la alternativa menos responsable. La sostenibilidad no es gratis, nunca lo fue, y fingir lo contrario solo traslada el costo hacia atrás: al productor, al tostador o al negocio que intenta hacer las cosas bien mientras ajusta márgenes hasta el límite.

Tal vez sea hora de decirlo sin culpa ni épica: no todos los cafés pueden costar lo mismo, no todos los proyectos pueden ser completamente sustentables, y no todos los clientes quieren —o pueden— pagar ese diferencial. Cuando se elige esa ética, cuando se la enarbola como valor, también hay que asumir su precio. Literalmente. Put your money where your coffee is. De lo contrario, la sostenibilidad seguirá siendo una linda idea mientras alguien más paga la cuenta.