Malas prácticas

Malas prácticas

Periodista especializado en café, crítico y periodista de música en prensa y revistas especializadas; editor y creador de contenido en radios y portales digitales en Chile y Reino Unido. @edmundovelosov

Pedí un americano. No un café imposible. No una preparación experimental que requiriera un manual de ingeniería. Un americano: espresso y agua caliente. Una bebida que, en su aparente sencillez, tiene una virtud incómoda: deja poco espacio para esconder errores. La cafetería de Reñaca donde lo pedí tenía todos los elementos que uno espera encontrar hoy en un lugar preocupado por el café. Un espacio cuidado, una propuesta atractiva y, por supuesto, café de especialidad de un tostador local.

La taza llegó. Y también llegó una pequeña lección sobre cómo una industria puede pasar años hablando de calidad, mientras todavía tropieza con lo más básico. El americano había sido preparado con agua de la caldera de la máquina de espresso. Una decisión fascinante, si uno la mira desde cierta perspectiva: alguien tomó un producto que probablemente había viajado una larga distancia, que había pasado por manos de productores, importadores, tostadores y profesionales, y decidió que el último paso podía resolverse usando el agua que simplemente estaba más a mano. La eficiencia llevada a su máxima expresión.

El problema es que la caldera de una máquina de espresso no existe para eso. Su función es mantener las condiciones necesarias para extraer café y generar vapor. Es parte del mecanismo de la máquina. No es un hervidor elegante escondido detrás de la barra. El agua de la caldera está ahí para que la máquina funcione, no para convertirse en el ingrediente principal de una bebida.

El café de especialidad en Chile lleva aproximadamente 15 años desarrollándose. Quince años de tostadores, baristas, cafeterías, consumidores y profesionales construyendo una cultura que, con todas sus imperfecciones, ha elevado la conversación sobre la taza. Por eso resulta extraño que sigamos encontrando prácticas que pertenecen a una etapa anterior. No porque todos deban convertirse en expertos técnicos. No se trata de eso. Se trata de algo mucho más simple: entender que un producto de calidad necesita cuidado hasta el final.

El tostador, que puede crear un café extraordinario, desarrollar un perfil preciso y entregar un producto que representa meses de trabajo, también tiene una responsabilidad: preocuparse por lo que ocurre después. Saber dónde está su café. Cómo se prepara. Qué experiencia recibe el consumidor. Porque vender una bolsa y desaparecer del mapa es una forma bastante cómoda de entender la calidad.

Está el barista, que puede ser el último guardián de esa cadena o simplemente alguien intentando sacar la mayor cantidad de tazas posibles antes del cierre. La diferencia parece pequeña, pero es exactamente donde se define una experiencia. Y está el local, que puede usar “café de especialidad” como un concepto atractivo para la carta, una señal de modernidad, una justificación de precio. Pero una palabra no prepara una taza. La prepara la gente. Lo curioso es que probablemente nadie dentro de esa cadena pensó que estaba haciendo algo terrible. Ese es justamente el problema de las malas prácticas: rara vez vienen acompañadas de malas intenciones. Vienen de la costumbre, de la falta de estándares, de la idea de que “siempre se ha hecho así”. Mientras tanto, alguien hizo todo bien mucho antes. Un productor cultivó. Alguien seleccionó. Alguien tostó. Alguien cuidó. Y todo eso puede perderse en los últimos metros del camino.

El consumidor común, por supuesto, nunca sabrá que el agua venía de una caldera. No verá la cadena completa. Solo tomará el café y -aparte de quemarse por verse enfrentado a una temperatura inadecuada, y de tomar el café más desmineralizado y pálido de su vida, verá si le gustó o no. Y ahí está la mayor ironía: después de 15 años hablando de café de especialidad, todavía necesitamos recordar que la calidad no vive en la bolsa, ni en el discurso, ni en la fotografía de Instagram, vive en cada decisión. Incluso en la más pequeña. No dejemos que la experiencia se haga agua por falta de ética.