La gastronomía será regional… ¡o no será!

La gastronomía será regional… ¡o no será!

Director de carrera Gastronomía Internacional y tradicional chilena
IP-CFT Santo Tomás, sede Rancagua

Durante décadas entendimos el acto de comer y beber como una acción privada, cotidiana, casi automática. Sin embargo, hoy resulta imposible sostener esa mirada ingenua. Comer y beber son actos profundamente políticos (premisa construida durante el siglo XX por un cúmulo de pensadores y popularizada por el activista Italiano Carlo Petrini). Cada elección que hacemos frente a un plato —qué comemos, de dónde viene, quién lo produjo, bajo qué condiciones— tiene consecuencias directas sobre los territorios, las economías locales, el medioambiente y el tejido social.

La alimentación no es neutral. Es una herramienta poderosa para fortalecer comunidades, reencontrarnos con nuestra identidad y reconstruir vínculos que la industria alimentaria globalizada ha ido debilitando. En Chile, país de geografías extremas y bioterritorios únicos, esta reflexión se vuelve urgente: la gastronomía será regional… ¡o no será!

La mesa: un espacio político de integración

La mesa es mucho más que un mueble. Es un espacio de integración horizontal donde las jerarquías se diluyen y el intercambio se vuelve festivo. En torno a ella se transmiten saberes, tradiciones y patrimonio, se cuentan historias, se negocian acuerdos y se construye comunidad. Compartir alimentos es uno de los gestos culturales más antiguos de la humanidad, y también uno de los más efectivos para restaurar el tejido social.

Cuando la mesa se abastece desde el territorio, cuando convoca productos locales y recetas con memoria, se transforma en un acto de resistencia frente a la homogeneización del gusto. Comer juntos, productos del lugar, es también una forma de reafirmar pertenencia.

El plato como reflejo de un pueblo

El plato no es solo una preparación culinaria. Es un contenedor simbólico donde conviven ingredientes, técnicas, oficios, tradiciones e innovación. En él se expresa el quehacer de un pueblo, su relación con el entorno, su historia productiva y su proyección futura.

Un plato puede hablar de escasez o abundancia, de mar o cordillera, de temporales o sequías. Puede narrar migraciones, mestizajes, adaptaciones. Por eso, cuando despojamos a la gastronomía de su contexto territorial, la vaciamos de sentido.

¿Qué sistemas apoyamos con nuestra alimentación?

La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿qué sistemas estamos fortaleciendo cuando comemos? ¿Podemos elegir? Cada vez que optamos por productos anónimos, ultraprocesados o desarraigados del territorio, reforzamos un modelo extractivista que invisibiliza a productores y degrada ecosistemas. En cambio, cuando priorizamos alimentos locales, de temporada y trazables, apoyamos economías de pequeña escala, circuitos cortos y formas más justas de producción.

Elegir no siempre es fácil, pero es posible. Y en ese proceso, el rol del cocinero se vuelve clave.

De territorio agrícola a destino gastronómico

Chile ha sido históricamente definido como un país productor de materias primas. Sin embargo, el desafío actual es transitar desde territorios agrícolas a destinos gastronómicos, donde el valor no esté sólo en lo que se produce, sino en cómo se transforma, se comunica y se comparte.

Este tránsito requiere comprender y fortalecer la cadena gastronómica completa cohesionada por fuertes eslabones:

  1. Productores: custodios del territorio y del conocimiento ancestral.
  2. Co-productores: consumidores informados y conscientes de la producción alimentaria pertinente y sostenible.
  3. Materia prima: diversa, estacional y con identidad.
  4. Cocina: espacio creativo y político, donde la materia prima se transforma en relato.
  5. Gastronomía: como expresión cultural y experiencia colectiva de todos los eslabones anteriores

Cuando esta cadena funciona de manera articulada, el impacto es profundo: se genera empleo local, se diversifica la economía regional y se construye relato.

El cocinero como agente de cambio

El cocinero ya no puede limitarse a ejecutar recetas. Hoy es un agente de cambio dentro de la industria alimentaria. Piensa y ejecuta. Con sus decisiones impone tendencias, define cartas, visibiliza productos y establece vínculos con productores y comunidades.

Desde la cocina se pueden proponer hábitos más sostenibles: respetar la estacionalidad, reducir desperdicios, valorizar cortes y especies olvidadas, cocinar con conciencia. El cocinero tiene la capacidad —y la responsabilidad— de educar desde el plato.

Platos que representan bioterritorios

Necesitamos platos que representen bioterritorios: sostenibles, pertinentes, locales y valorados por la comunidad nacional. Preparaciones que no busquen replicar modelos ajenos, sino expresar lo propio con orgullo y coherencia.

La identidad gastronómica no se decreta, se construye. Y se construye en diálogo permanente con el territorio, sus personas y sus saberes.

Porque al final del día, la pregunta no es solo qué comemos, sino qué país estamos construyendo a través de nuestra alimentación. Y en ese camino, la gastronomía regional no es una moda: es una necesidad.