La enogastronomía está de moda

La enogastronomía está de moda

Director
Asociación Chilena de Gastronomía

La enogastronomía está viviendo su mejor momento en Chile. Lo que hace algunos años parecía un nicho reservado para entendidos, hoy se ha convertido en uno de los motores más dinámicos y con mayor potencial del turismo nacional. Las distinciones que reciben nuestras viñas en concursos internacionales, la irrupción de cocinas territoriales que reivindican el producto local y la consolidación de restaurantes y experiencias culinarias de primer nivel han puesto a Chile en el mapa como un destino donde se come y se bebe bien, con identidad y creatividad.

Este auge no es casualidad. Hemos logrado unir dos fortalezas naturales: una vitivinicultura de clase mundial, y una gastronomía que al fin se reconoce diversa, mestiza y profundamente arraigada en el territorio. Hoy vemos cómo ingredientes como el piure, la jaiba mora, el merkén o los productos de la agricultura familiar conviven con técnicas contemporáneas, mientras los valles sorprenden con nuevas cepas, rutas y estilos que atraen a viajeros exigentes de todo el mundo.

La enogastronomía no solo seduce por el sabor, sino por lo que representa: una manera distinta de recorrer Chile, más consciente, pausada y conectada con pequeños productores, artesanos y comunidades. Esta cadena de valor, cuando se desarrolla de forma virtuosa, genera empleo, descentraliza oportunidades y activa economías rurales que encuentran en el turismo un camino sostenible de desarrollo.

Sin embargo, mientras la oferta enogastronómica crece y Chile se posiciona internacionalmente, seguimos enfrentando trabas propias de un país que no ha actualizado su normativa a la altura de esta oportunidad. La legislación de alcoholes -particularmente el régimen de patentes- continúa anclada en el siglo pasado, pensada para una realidad que ya no existe y que no reconoce el valor cultural, económico y turístico de la gastronomía y el vino. Es paradójico que, justo cuando más posibilidades tenemos de despegar como destino enogastronómico de nivel mundial, sigamos poniéndonos cortapisas con reglas que dificultan la innovación, la formalización y el desarrollo del sector. Modernizar esta normativa es indispensable si queremos competir de verdad.

En el contexto global, las experiencias que combinan vino, cocina, paisaje y cultura están entre las de mayor crecimiento. Chile tiene condiciones para competir de igual a igual con destinos consolidados como Mendoza, Napa o el Valle del Duero. Pero para lograrlo debemos avanzar en desafíos clave: mayor integración del ecosistema, inversión en infraestructura, profesionalización del capital humano, promoción internacional sostenida y un trabajo profundo por consolidar nuestra identidad culinaria.

El turismo enogastronómico no es solo una tendencia; es una oportunidad estratégica. Un visitante que vive una experiencia memorable, como degustar un vino frente a un viñedo, recorrer una bodega centenaria, cocinar con productos locales o descubrir la historia detrás de una cepa, no solo se fideliza: se transforma en un embajador del país.

Chile tiene una ventana única para posicionarse como un destino enogastronómico de clase mundial. Si articulamos bien la oferta, fortalecemos la calidad del servicio y actualizamos las normativas que hoy nos frenan, este segmento puede transformarse en uno de los pilares del crecimiento turístico de los próximos años. La enogastronomía está de moda, y es el momento de aprovecharla.