• Henry

    Henry Cullell

    Ingeniero Civil Industrial.
    Magister en Marketing y Gestión Comercial.
    Cargos ejecutivos en G&N, Degasa.
    Gerente General de Comercial LF S.A.
    18 años en la industria gastronómica nacional

No hay receta única para reconstruir, pero las hay


A medida que el proceso de vacunación contra Covid-19 avanza, es posible creer que toda la pesadilla vivida en este último año pronto quedará atrás. Ahora bien, podemos estar o no de acuerdo en que las distintas políticas y medidas de control sanitario que se aplicaron fueron correctas o no, pero creo que coincidimos plenamente en que a ningún país le fue fácil administrar y superar el desafío de asegurar vidas sin destruir medios de vida que impuso la pandemia.

A pesar de todo, el daño causado en pérdidas de vidas y en los medios de vida, se deja ver en cualquier rincón del mundo. Las magnitudes pueden cambiar, pero lo hecho, hecho esta.

La nueva noticia es que ahora comienza un nuevo desafío que nos impone Covid-19 y que es el de reconstruir vidas y medios de vida. Y como es de esperar, no hay receta única. Seremos el caminante que hace camino al andar, tal como dijo Joan Manuel Serrat.

Después de cualquier crisis, siempre hay lecciones aprendidas y de las que podemos observar para comenzar a transitar los próximos nuevos tiempos. Sólo a modo de ejemplo, terminada la Segunda Guerra Mundial, Japón, Estados Unidos y Europa Occidental ganaron paz y disfrutaron de una generación de crecimiento económico que les trajo mucha prosperidad, permitiéndoles reducir sus deudas, la desigualdad, la pobreza y el desempleo. Pero todo lo anterior fue consecuencia de poner en práctica lecciones aprendidas y de utilizarlas como marco de referencia para construir y desarrollar compromiso político, nuevas políticas y promover el trabajo dedicado.

Nuestro país, nuestra industria HORECA, nuestras empresas, nuestros equipos de trabajo y nuestras vidas personales, enfrentan el desafío de la reconstrucción o si quiere, puede llamarlo el desafío de la recuperación.

En el caso particular de las empresas, deben transitar un proceso para reconstruir sus “vidas” y ser un medio de vida para sus trabajadores. Alcanzar ambos objetivos, requerirá de lograr competitividad y movilidad social, con el fin de construir una base sólida de reinvención a largo plazo.

La competitividad tiene una base sólida en la productividad y de más está decir que la mayor productividad mejora los salarios y los niveles de vida.

Durante la pandemia, nuestros modelos operativos se vieron en la necesidad de reducir el número de personas involucradas, en anular o repensar las tareas redundantes de los procesos productivos y administrativos, en redefinir el propósito del negocio, en incorporar tecnologías avanzadas para lograr operaciones más liquidas y eficientes. En fin, con imaginación y determinación, nos dimos cuenta que los paradigmas se caen y que lo imposible es posible.

La aceleración digital tiene mucho mérito en el resultado logrado de lo recién expuesto. Ejemplos claros son la transición efectiva del trabajo presencial al teletrabajo y en la fácil complementación o sustitución del canal físico por el canal digital, cuando los consumidores se vieron forzados a buscar opciones de compra en canales online, y no por una decisión, sino porque se vieron obligados por la situación de pandemia.

En el pasado, la regla general era que las nuevas tecnologías tardaban una década o más en penetrar el lugar de trabajo o el punto de contacto con el cliente, para finalmente demostrar que era capaz de provocar crecimiento de la productividad. En pandemia y en pocos meses, la tecnología digital mostró todo su potencial.

Las empresas deben permitirse promover la innovación y la adopción de nuevas tecnologías. Esto no es difícil, pero deben trabajar en ello. Existen enfoques probados que ayudan a impulsar la productividad, a reducir la burocracia en la toma de decisiones y a explorar maneras para reasignar eficazmente los recursos humanos y financieros a medida que surgen nuevas tecnologías.

El crecimiento de la productividad no ocurre espontáneamente. Requiere también de condiciones especiales. Estas se conocen como infraestructura física e infraestructura social, que actuando copulativamente permiten alcanzar beneficios económicos y beneficios en calidad de vida de las personas involucradas.

Cada vez más podemos ver como la digitalización, la automatización y la inteligencia artificial dan nuevas formas a las industrias y a las empresas, provocando que la productividad no sólo aumente, sino que se transforme en un medio de vida que mejora significativamente la calidad de vida de las personas. Es aquí donde nace la dimensión social de la productividad.

Para lograr disfrutar de los beneficios de una productividad potencial, es necesario disponer de personas y procesos capaces de capturar tales beneficios. Para ello, las empresas deben experimentar un proceso de transición para cambiar el perfil de su capital humano. Esto requiere de readiestramiento y de mejorar las habilidades de sus trabajadores. Pero, además, de que los ejecutivos enfrenten con mucha voluntad estos desafíos y se transformen en una prioridad empresarial.

Para ello, es necesario repensar y reestructurar el papel de los ejecutivos con la finalidad de que puedan ayudar a sus trabajadores en el desarrollo de habilidades competentes a una economía que cambia rápidamente.

El futuro de las economías de los países, al igual que el de las empresas, depende en gran medida de la calidad de su capital humano. La demanda de habilidades tecnológicas se está acelerando y la oferta no crece a la par. Esto es un problema.

Las empresas tienen enormes fortalezas desde las cuales deben y pueden empezar a trabajar. La velocidad con la que se adaptaron para enfrentar los momentos más recesivos y lograr sobrevivir hasta los días de hoy, es un ejemplo claro y vivo del ingenio con que cuentan.

La recuperación es el objetivo correcto e involucra a todos los miembros de una empresa. El desafío en el camino de cumplir con el objetivo es crear un bien duradero a partir de la tragedia mediante la construcción de una recuperación o reconstrucción económica sólida e inclusiva. Esta es una aspiración realista.

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