• Henry

    Henry Cullell

    Ingeniero Civil Industrial.
    Magister en Marketing y Gestión Comercial.
    Cargos ejecutivos en G&N, Degasa.
    Gerente General de Comercial LF S.A.
    18 años en la industria gastronómica nacional

Déjennos trabajar


Si algo aprendimos en esta pandemia, fue que las medidas de control sanitario implementadas por la autoridad, sólo fueron efectivas para aislar a quienes no debía confinar y para destruir medios de vida.

Me atrevo a anticipar, que la historia se encargará de enunciar a estas medidas como causa principal de tantas vidas perdidas y del profundo desastre económico, social y sicológico que ya vive nuestra sociedad.

Cuesta creer que los implementadores, ilustrados y bien formados, no posean la habilidad para hacer un diagnóstico acertado del contexto actual.

A estas alturas de la pandemia, los datos sanitarios dicen que no existe correlación entre la dureza del confinamiento y la caída de la mortalidad. Sin embargo, si es evidente la correlación entre confinamiento y destrucción de empresas, como también entre confinamiento y pérdida de calidad de vida.

Desde la premisa “El miedo impide pensar y con culpa se manipula”, tanto oficialismo como oposición, han desarrollado un cómodo y estratégico silencio, cultivando miedo al virus y culpando a la población de los resultados pandémicos, para, sin tener que reprimir, obligar a cumplir con medidas que truncan la libertad de circular y de trabajar.

Al parecer no entienden que trabajar fortalece la salud mental. Al menos a mí me sucede, como también a muchos que trabajan por un país más grande y mejor.

Pareciera que no comprenden aún que el confinamiento indiscriminado, encierra por igual a sanos y enfermos, ya sea que se encuentren en el campo o en la ciudad, y limitar la movilidad de los recursos, afecta severamente cualquier modelo económico y con ellos la calidad de vida de las personas.

Está muy claro que las decisiones tomadas por los gobiernos de cualquier rincón del mundo, surgieron desde la ignorancia del momento y del pánico político que los invadió cuando fue el inicio de la pandemia. Y de esto ya ha pasado un buen rato.

Pero seguir repitiendo y defendiendo lo mismo, no solo no tiene nombre, sino que no se sostiene en el tiempo y, además, los convierte en incompetentes para con sus deberes, porque así atentan contra la calidad de vida de las personas, contra la libertad de trabajar y provocan un desastre económico que llevará años recuperar.

Hoy, el mundo dispone y comparte muchísima información sobre esta pandemia. Se sabe qué resultó y qué no y, por lo mismo, el gobierno tiene la obligación de aprender de errores pasados, sean propios o de otros, y conducir esta crisis sanitaria a un estado de convivencia con menor incertidumbre, con el sólo fin de evitar generar una profunda y prolongada depresión socioeconómica.

Covid-19 ya adquirió residencia definitiva en el país y es un ciudadano más con el que tenemos que convivir. Tal como algún ex ministro predijo, finalmente el virus se volvió buena persona y su letalidad ha caído drásticamente. Esto nos permite extrapolar su accionar y deducir que un aumento de contagios leves y/o casos asintomáticos no es necesariamente alarmante, y que la evolución del número de hospitalizados graves es un dato que ya no aporta mucha información respecto a la evolución y control de la pandemia.

Hoy es más importante mirar el número de empresas que quiebran, de empleos que se pierden, de monitorear los índices de pobreza, y de otros tantos indicadores de carácter socioeconómico, para poder tomar medidas de ajuste e inmediatas que anticipen más muertes y el deterioro mental de la sociedad. Porque, créame, las economías recesivas generan pobreza y la pobreza mata.

El viernes, último día hábil previo al nuevo confinamiento de la Región Metropolitana, las calles eran intransitables, los malls repletos y la gente desesperada, irritada y hastiada de tanto mal manejo político económico y sanitario. Me pregunto si esta situación llamará la atención de la elite política.

Se trata de aprender y aplicar las buenas prácticas que otros países han implementado para enfrentar el gigantesco desafío de diseñar e implementar medidas para salvar vidas y medios de vida.

Cómo no será hermoso ver el desarrollo de la Eurocopa con estadios llenos y sin el uso de mascarillas; ver restaurantes y bares desbordados de ciudadanos habidos de alegría y vida; ver millones de trabajadores que recuperan sus trabajos y reconstruyen sueños; ver abuelos y nietos jugando en una plaza; ver más emprendedores molando un mundo mejor; etc.

Esto fue posible gracias a que varios gobiernos identificaron y corrigieron errores que cometieron al inicio de esta pandemia y se vieron muy exigidos por la incertidumbre.

Entonces, y observando a quienes nos gobiernan, me pregunto; ¿cuesta tanto estudiar, entender e imitar estas buenas prácticas?, ¿acaso es información que les llega?, ¿qué es lo que enceguece?... ¿ego?, no lo entiendo.

La vida enseña y dice que todos nos volvemos sabios cuando aprendemos de los errores del pasado. Pero también sentencia que no tener las habilidades para corregirlos nos hace más ineptos.

Pero, cuando la habilidad para corregir existe y se ignora el aprendizaje de los errores del pasado, cualquier acción que se lleve a cabo, sólo reflejará intención de dañar o destruir algo.

Señores oficialistas y de oposición… “Déjennos trabajar”.

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