En un país donde muchas veces las buenas ideas quedan entrampadas en la coordinación entre actores, vale la pena detenerse en los casos donde las cosas resultan.
Uno de ellos es el reciente lanzamiento de un manual de relatos turísticos para los guías de San Pedro de Atacama. Se trata de un hito largamente anhelado en el territorio y que se concretó gracias a la colaboración de la empresa privada, del empuje de las asociaciones de guías, la academia, los organismos públicos locales, las comunidades y un trabajo deliberado para la articulación de actores.
En lo concreto, esta guía de 262 páginas incluye capítulos de geografía, historia, astronomía y cosmovisión andina, geología, historia de la minería además de relatos patrimoniales de personas de las comunidades atacameñas que le ponen alma y pertinencia cultural.
Si nos vamos al proceso, fue un trabajo de más de un año, que surgió desde la Mesa Litur, una gobernanza donde están sentados gran parte de los gremios de turismo de este icónico destino y una empresa de litio que entendió que apoyar al sector turístico y promover un diálogo constructivo entre dos industrias que comparten el territorio, era clave.
Este hecho amerita ser comentado porque abre la posibilidad de replicar el modelo en otros lugares del país donde la empresa privada puede cumplir un rol relevante en el desarrollo de los destinos turísticos. Sabemos que Chile ha sido reconocido por sus paisajes y experiencias turísticas asociadas principalmente a su naturaleza y que crece el interés por nuestros cielos, nuestra montaña. Es también importante el aumento del turismo nacional con los chilenos recorriendo nuestro país como nunca.
Pero ese crecimiento, tanto internacional como nacional, exige algo más que paisajes: requiere infraestructura, contenido de calidad y una hospitalidad capaz de sostener la experiencia.
La pregunta es si es al sector privado al que le corresponde solucionar las brechas del turismo. Y la respuesta es, ¿por qué no?
Si las mineras, forestales, eléctricas están presentes en distintas regiones del país, al igual que el turismo, por qué no pensar que ese lugar pudiera ser en primer término un espacio donde sus trabajadores no solo trabajen, sino también conozcan y se sientan orgullosos de habitar. Y no solo eso, también está la posibilidad de que el mundo del turismo tenga la experiencia de conocer los procesos de cómo se extrae un mineral, cómo se genera la energía y cómo, en definitiva, los productos que aportan al crecimiento de este país, se producen.
En el mundo privado, la eficiencia, la eficacia y ante todo hacer que las cosas pasen, es parte de la manera de cómo funcionan las empresas. Eso genera confianza. También en su rol social, el objetivo es generar impacto con sus bienes y servicios, pero también muchas veces llegar donde el Estado no llega por distintas razones. Esto no reemplaza el rol estatal, pero sí lo complementa, especialmente allí donde los tiempos, recursos o capacidades no alcanzan. Por esta razón, pensar en sumar actores privados de otros rubros distintos al turismo es un camino que para las empresas puede ser atractivo en su aporte a la función pública, de relacionamiento y de sostenibilidad.
Hitos como el vivido hace unos días en San Pedro de Atacama, generan no solo un producto útil para el turismo, como es un manual de contenidos que se convertirá en material de estudio para guías y futuras generaciones, sino que también el proceso de articulación y las distintas etapas para lograr el propósito, produjo una serie de bienes intangibles como confianza entre actores distintos que dejaron de verse como vecinos incómodos y comenzaron a trabajar en torno a un propósito común: hacer un mejor destino. Eso, en el turismo y fuera de él, permite que las cosas pasen.