Gestos vacíos

Gestos vacíos

Periodista especializado en café, crítico y periodista de música en prensa y revistas especializadas; editor y creador de contenido en radios y portales digitales en Chile y Reino Unido. @edmundovelosov

En el café de especialidad se ha instalado una escena que se repite con precisión casi coreográfica. Abre un local nuevo y durante las primeras semanas se llena. La gente llega, pide un latte o un flat white, fotografía la taza, la barra, la fachada, la silla junto a la ventana. Las redes sociales se llenan de imágenes del lugar del momento. Durante un tiempo, ese café parece ser el centro del universo.

Después aparece otro, y la peregrinación continúa. En ese movimiento constante —que tiene algo de fiebre y algo de moda— se pierde una noción que alguna vez fue central en la cultura del café: la idea del templo. El café no es un trámite sino una experiencia que se cultiva. Literalmente. El problema no es que abran cafeterías nuevas. El problema es cuando lo nuevo se vuelve el único criterio de valor. Porque entonces el café deja de ser café y se convierte en escenografía.

El café de especialidad —al menos en muchos circuitos urbanos— está cada vez más dominado por unas pocas marcas de tostadores que compiten ofreciendo precios bajos. El resultado es previsible: el mismo origen, el mismo lote, el mismo perfil de tueste empieza a aparecer en todas partes. Cuando eso ocurre, el paisaje cafetero empieza a parecerse peligrosamente a una cadena de bebidas rápidas. El café de especialidad nació precisamente para evitar eso. Nació para recordar que el café es un producto agrícola, profundamente variable, atravesado por el clima, el suelo, la mano del productor y la decisión del tostador. Un producto vivo, no una bebida estándar.

Pero cuando los locales dejan de rotar proveedores, cuando trabajan siempre con los mismos tostadores simplemente porque el precio es conveniente, el ecosistema comienza a asfixiarse. Los microtostadores —que muchas veces son quienes arriesgan más con orígenes distintos, procesos experimentales o perfiles de tueste más personales— quedan fuera del circuito. Se corta el flujo de oxígeno.

Y el café, que debería ser diversidad, se vuelve repetición. Deja de ser arquetipo y pasa a ser una máscara. Lo que define realmente a un proyecto cafetero es la relación que establece con el origen, cara a cara. Y esa relación no es un código QR. Es saber quién produjo ese café. Poder levantar el teléfono y hablar con el tostador. O mejor aún: haber pisado el suelo donde creció ese café, haber visto el proceso, haber estrechado la mano del productor. Empaparse de esa historia para poder empapar la taza.

Cuando ese vínculo existe, el café deja de ser un producto abstracto y vuelve a convertirse en algo excepcional. Cuando el gesto se vacía y solo queda la figura, ¿sabe usted qué pasa ahí? El origen da lo mismo. El tostador da lo mismo. La taza da lo mismo. En ese punto, la foto termina siendo más importante que el café. Quizás por eso la escena contemporánea del café a veces parece deslizarse hacia una paradoja curiosa: cada vez hablamos más de especialidad, pero cada vez bebemos cosas más parecidas entre sí.

Si todo termina sabiendo igual, entonces la experiencia se vuelve intercambiable. A ese ritmo, quizás pronto ni siquiera haga falta prepararlo. Bastará con generar la imagen perfecta por inteligencia artificial, lista para ser subida a Instagram. ¿Y el café? A quién le importa.