Claridad en la taza

Claridad en la taza

Periodista especializado en café, crítico y periodista de música en prensa y revistas especializadas; editor y creador de contenido en radios y portales digitales en Chile y Reino Unido. @edmundovelosov

En el mundo del café de especialidad, donde las tendencias van y vienen con la velocidad de una cosecha a otra, el café lavado se mantiene como un clásico. Su perfil limpio, brillante y preciso lo vuelve el preferido en muchos mercados exigentes —desde Japón y Corea hasta Alemania o los países nórdicos—. Pero su popularidad no se explica solo por cuestiones de sabor: el proceso de beneficiado húmedo también ofrece garantías que muchos consumidores valoran, especialmente cuando hablamos de residuos químicos y transparencia.

El proceso lavado consiste en retirar completamente la pulpa del fruto mediante fermentación y lavado con agua, antes del secado del grano. Esa limpieza no solo se traduce en una taza más clara y definida, sino también en una posible reducción de residuos de pesticidas u otras sustancias adheridas al exterior del grano. Aunque el proceso no es un tratamiento químico ni una certificación sanitaria, sí implica un contacto prolongado con agua y un movimiento que puede ayudar a arrastrar restos presentes en la superficie.

Este detalle no es menor, considerando que los cafés certificados como orgánicos —es decir, cultivados sin agroquímicos ni pesticidas sintéticos— son aún escasos en el mundo del café de especialidad. No porque no existan fincas que trabajen con principios agroecológicos, sino porque las certificaciones oficiales tienen costos altos, papeleos complejos y auditorías periódicas que muchos pequeños productores no pueden costear. Así, aunque el café que cultivan cumpla con estándares sostenibles o esté libre de químicos, no siempre puede etiquetarse como tal.

Para el consumidor que busca cafés de origen limpio, trazable y “libre de”, el café lavado se vuelve una especie de alternativa intermedia: no reemplaza una certificación orgánica, pero ofrece un procesamiento más higiénico y controlado que otros métodos como el natural o el honey, donde el contacto del grano con la pulpa (y sus potenciales residuos) es más prolongado.

Por supuesto, el lavado no es garantía absoluta. Si el café fue cultivado con químicos, parte de esos compuestos pueden seguir presentes, sobre todo en el interior del grano. Pero en términos relativos, muchos tostadores y baristas consideran que el proceso húmedo mejora la limpieza no solo sensorial, sino también física del grano. Esto, sumado a su estabilidad en taza y su facilidad para revelar el carácter del origen, mantiene al café lavado como favorito en competencias, cafeterías de especialidad y en los paladares más exigentes.

Una taza limpia como metáfora de la transparencia en reconocer el costo y el beneficio asociado a una búsqueda de una experiencia, donde muchos pequeños productores asumen un costo, sin el respaldo de certificaciones que avalen su gesto, en un mundo donde incluso el compromiso ambiental, social y sanitario es una estrategia de marketing o, por qué no dejar la pieza en el tablero: un lavado de imagen.