“Chile mira el mar. Otros lo cocinan mejor.”

“Chile mira el mar. Otros lo cocinan mejor.”

Asesor Gastronómico
Chef Director de «Küme-Chile»
www.kume-chile.cl/
@durandcheff

Mayo en Chile siempre trae el mar de vuelta. No porque se haya ido, sino porque volvemos a mirarlo con otros ojos. Aparece en los discursos, en la memoria, en la identidad. El 21 de mayo no es solo una fecha histórica; es también una forma de recordar que este país fue construido de cara al océano, como si bastara con tenerlo al frente para que también formara parte de lo que somos.

Y, en parte, es cierto.

Pocos territorios tienen una relación geográfica tan evidente con el mar. Miles de kilómetros de costa, una biodiversidad marcada por la corriente de Humboldt y una capacidad productiva que ha posicionado a Chile como uno de los actores más relevantes en la industria acuícola a nivel mundial. El mar ha sido trabajado, explotado, exportado. Ha sido recurso, industria, volumen. Una presencia constante que ha moldeado economías completas, territorios y formas de vida.

Pero la gastronomía no vive en la extracción.

Vive en la interpretación.

Y es ahí donde la conversación comienza a incomodar.

Porque en esa misma corriente que recorre nuestras costas, existe otro país que ha construido una relación distinta con el mar. Perú, con menor extensión marítima, pero con una biodiversidad incluso más amplia en términos de especies reconocidas, ha logrado algo que no se mide en toneladas ni en exportaciones.

Ha logrado construir una cultura.

Una forma de cocinar el mar que se entiende, que se reconoce y que se repite. Una gastronomía que no solo utiliza el producto, sino que lo traduce en experiencia. Que lo ordena, lo simplifica, lo hace cercano. Que permite que el cliente, incluso sin conocer la técnica, entienda lo que está ocurriendo en el plato. Que genera identidad sin necesidad de explicarse.

No es solo cocina.

Es claridad.

Y esa claridad no aparece por accidente. No es resultado de una temporada ni de una tendencia. Se construye en el tiempo, se instala en la cultura, se sostiene en la operación y se repite hasta volverse parte del lenguaje cotidiano.

En Chile, en cambio, la relación con el mar muchas veces queda en un punto intermedio.

Hay producto de excelencia, hay técnica, hay talento. Pero no siempre hay una lectura común que permita transformar todo eso en una experiencia coherente. Lo que aparece en la mesa, en muchos casos, depende más del esfuerzo individual que de una forma compartida de hacer las cosas.

Y cuando no hay forma, no hay identidad.

El resultado no es necesariamente negativo. Es difuso.

Son buenas experiencias, pero difíciles de recordar. Propuestas que funcionan, pero que no terminan de instalarse en la memoria del cliente. Lugares donde el producto destaca, pero la experiencia no logra sostenerse como algo reconocible en el tiempo. Donde cada visita puede ser distinta, no por diseño, sino por falta de estructura.

Y eso tiene un costo silencioso, pero profundo.

Porque cuando una gastronomía no se reconoce a sí misma, tampoco logra ser reconocida por otros. El cliente disfruta, pero no necesariamente vuelve con una idea clara de lo que vivió. No hay relato que se sostenga, no hay experiencia que se repita, no hay identidad que se proyecte.

El mar sigue estando ahí.  Pero no siempre en la forma en que se vive.

Por eso, quizás, mayo no es solo un mes para mirar el mar desde la historia o desde la geografía.  Es una oportunidad para hacerse cargo de él desde otro lugar.

No desde la pesca. Desde la cocina.

No desde el volumen. Desde la propuesta.

No desde lo que tenemos.  Desde lo que decidimos hacer con eso.

Porque el verdadero desafío no está en la extensión de nuestra costa ni en la calidad de nuestros productos.  Está en la distancia que aún existe entre producir el mar… y representarlo.

Y esa distancia no se acorta con más recursos, ni con más inversión, ni con más producto disponible.  Se acorta con decisión.

Con una forma de cocinar que se piense, que se repita, que se sostenga. Con una manera de llevar el mar a la mesa que no dependa del momento, sino de una identidad que se construye todos los días, servicio a servicio, plato a plato.

Porque al final, un país no se define solo por su territorio.

Se define por cómo lo interpreta.

Y en esa interpretación —silenciosa, constante, muchas veces invisible— es donde el mar deja de ser paisaje…

y comienza, por fin, a convertirse en cultura.