Durante décadas el turismo en Chile ha debido avanzar entre señales contradictorias, decisiones que muchas veces no se sostienen en el tiempo y políticas que cambian dependiendo del gobierno de turno. No se trata de una percepción, sino de una realidad que la industria ha experimentado una y otra vez.
Un ejemplo claro ocurrió recientemente. Mientras el gobierno anterior redujo cerca de un 30% los recursos destinados a promoción turística internacional respecto de 2025, la actual administración anunció que duplicará la inversión en esta materia tras desmantelar el proyecto de reactivación del turismo. Sin duda, valoramos que exista una señal positiva hacia el fortalecimiento de la promoción, porque Chile necesita volver a posicionarse con fuerza en los mercados internacionales. Sin embargo, también es legítimo preguntarse si este aumento representa realmente un salto relevante respecto de los niveles históricos de inversión, o simplemente se trata de una recuperación parcial de recursos previamente recortados.
Esa incertidumbre es precisamente parte del problema. Cada cuatro años, la industria turística queda a la espera de nuevas definiciones, prioridades y presupuestos. Y la pregunta es inevitable: ¿pueden las inversiones, las empresas de todos los tamaños, y las regiones, seguir funcionando bajo una lógica de permanente incertidumbre y decisiones de corto plazo?
El turismo necesita continuidad y políticas de Estado. Hoy las señales que se observan desde la autoridad podrían comenzar a configurar una hoja de ruta orientada a fortalecer el desarrollo del sector y atraer inversiones en el mediano plazo. Pero también es urgente abordar los desafíos inmediatos. Todo lo que contribuya a mejorar la conectividad aérea, fortalecer la infraestructura habilitante y aumentar la promoción internacional y nacional -incluyendo un mayor apoyo desde los gobiernos regionales- tendrá un impacto directo en una industria que genera sobre 700 mil empleos en Chile.
Porque hablar de turismo no es referirse únicamente a las vacaciones. Es hablar de desarrollo regional, sostenibilidad, gastronomía, cultura, integración territorial y oportunidades para miles de pequeñas y medianas empresas a lo largo del país. Es abordar, además, una actividad con una enorme capacidad de generar empleo femenino y juvenil, especialmente en regiones.
Durante muchos años se insistió en que el turismo “tenía potencial”. Creo que esa definición ya quedó atrás. El turismo dejó hace tiempo de ser una promesa para transformarse en una realidad económica estratégica. Muchos países entendieron que esta industria genera crecimiento, inversión, empleo y posicionamiento internacional. Chile también debe asumirlo de una vez con total propiedad.
Pero este desafío no recae únicamente en el Estado, sino que también es responsabilidad de quienes formamos parte de la industria. Necesitamos construir acuerdos, fortalecer la colaboración público-privada y comprender que el desarrollo turístico requiere del compromiso de todos: grandes, medianas y pequeñas empresas; nivel central y regiones; autoridades y sector privado.
La historia demuestra, también, que el turismo ha sido parte de la construcción del país desde hace más de un siglo. Ya en 1917 se creó la Sociedad Nacional de Turismo y en 1929 se promulgó la Ley de Fomento al Turismo. Es decir, Chile entendió hace décadas la relevancia de esta actividad. Lo que ha faltado es continuidad, visión de largo plazo y decisión política para transformarla en una prioridad nacional.
El país requiere dar ese salto. Necesitamos dejar atrás las medidas transitorias y comenzar a construir una política de turismo estable, moderna y sostenible, que trascienda los ciclos políticos y entienda que esta industria puede ser un motor fundamental para el crecimiento desarrollo de Chile.
El turismo no puede seguir esperando otros cien años para transformarse en una prioridad de Estado.