Café, jugo de naranja y palmerita

Café, jugo de naranja y palmerita

Periodista especializado en café, crítico y periodista de música en prensa y revistas especializadas; editor y creador de contenido en radios y portales digitales en Chile y Reino Unido. @edmundovelosov

Hay un reel de Siempre hay un chileno que dice que un café, un jugo de naranja recién exprimido y una palmerita en Barcelona es barato y en Chile es caro. Pero esa comparación es una distracción: el problema no está en el valor al otro lado del Atlántico, que es un espejismo. Está en lo que pasa todos los días aquí en cada cafetería de esa geografía descarrilada.

En Chile, hoy, puedes pagar lo mismo por dos cafés completamente distintos. Primero, hay cafés que hasta hace unos quince años solo podían ser soñados: grano de especialidad, tostado en el país incluso el mismo día, con fecha visible, trazabilidad, cosecha identificable y una extracción calibrada más de dos veces al día. El otro: el café tostado en Europa hace meses -ese al que se nos acostumbró durante años-, que ya está fuera de su punto cuando llega, incluso con moho, con su química alterada por el paso del tiempo y sostenido únicamente por la espuma bien texturizada. Y ni hablar de si es torrefacto o si existe trazabilidad alguna.

Y en Chile, ambos valen lo mismo. Ese es el verdadero problema. Porque cuando el precio no distingue calidad, el consumidor no tiene cómo aprender. Cree que el café es caro -como si “el café” fuera una sola cosa-, y sin saber que muchas veces está pagando precio de grano de especialidad por un producto que lo único de especial que tiene es provenir del año pasado. Y, al mismo tiempo, el café realmente bueno -que es un homenaje a la cadena que lo trae a la taza- queda mal posicionado, obligado a competir en igualdad de condiciones con uno que no tiene frescura, ni trazabilidad, ni nada. Y hay gente que lee artículos sobre los beneficios de tomar seis tazas de café y cree que ese café antediluviano realmente puede hacer bien a su salud.

En el video de Siempre hay un chileno, ese café en Europa probablemente fue tostado hace semanas en Italia y está dentro de su ventana óptima. Aquí, por ese mismo producto algunos pagan más caro por consumirlo tras haber pasado meses en tránsito antes de llegar a la tolva del molino. Sin considerar la calidad del grano, solo por el desgaste del tueste, es un producto inconsumible.

No es que el café de especialidad sea caro. Es que el café sin especialidad se está vendiendo demasiado caro. Y, de esa forma, es imposible construir cultura cafetera. Es cierto que hay emprendedores que deciden abrir su cafetería en formatos que les ahorran el costo de una máquina y deben vender el café que le acompaña. Pero venderlo al mismo precio que la cafetería de al lado que tiene un microlote de Etiopía, solo para costear el pago obligado en insumos que el proveedor le demanda, no ayuda a nadie.

Porque la cultura no se forma con discursos ni con pasaportes cafeteros que juntan timbres como láminas en álbumes del mundial, sino con señales claras: que el precio tenga relación con el producto. Si todo café vale lo mismo, nadie aprende nada. Y si nadie aprende, no avanzamos. Que los casi quince años que ya suma la escena de especialidad en Chile no se los lleve la ilusión de una supuesta batalla entre Chile y Barcelona. La verdadera batalla es acá mismo, en nuestras barras y en nuestro paladar.

La pregunta que debería asomar en el consumidor es más simple y más incómoda que las apariencias: ¿por qué café pagó en Chile ese precio el vlogger? Adivine. Y es que en Chile todavía no logramos que un buen café cueste distinto que uno malo. Y mientras eso no pase, vamos a seguir pensando que el problema es el precio, cuando en realidad es el valor.