BPM: el estándar invisible de la heladería artesanal chilena

BPM: el estándar invisible de la heladería artesanal chilena

Periodista, ingeniero comercial y heladero.
Consultor en heladería artesanal, cofundador de la Copa Nacional de Heladería e integrante de la Asociación de Pasteleros de Chile

En la operación de una heladería artesanal, la calidad sensorial del producto y la diferenciación en sabores no bastan para garantizar sostenibilidad en el tiempo, más aún en un mercado en permanente crecimiento y consolidación como el chileno. En lo que a la dimensión operativa se refiere, el cumplimiento riguroso de las Buenas Prácticas de Manufactura (BPM) es una garantía tanto para la heladería como para el cliente, más aún de cara al inicio de una nueva temporada.

Las BPM son un conjunto de procedimientos estandarizados que abarcan la higiene personal, la limpieza y sanitización de equipos, la manipulación segura de materias primas, el control de plagas, la correcta gestión de la cadena de frío y la documentación de procesos. En el caso de la heladería artesanal chilena, donde conviven pequeños talleres con una creciente formalización del rubro, estas prácticas son determinantes para cumplir con los requisitos establecidos por la Autoridad Sanitaria (SEREMI de Salud) y para acceder a certificaciones que abren oportunidades en turismo gastronómico y distribución.

Un aspecto crítico es el control de temperatura. La leche, la crema y las frutas frescas son altamente perecibles y representan un riesgo microbiológico si no se mantienen en rangos de refrigeración y congelación adecuados. Del mismo modo, la prevención de la contaminación cruzada exige la separación de utensilios y áreas de trabajo para insumos crudos y elaborados, un desafío frecuente en locales de pequeño formato que deben optimizar espacio físico sin descuidar la inocuidad.

La trazabilidad es otro eje fundamental. Cada lote de helado debe estar respaldado por registros claros: procedencia de materias primas, fecha de recepción, controles intermedios y condiciones de almacenamiento. Este nivel de control no solo reduce riesgos, sino que permite responder con rapidez ante auditorías sanitarias o eventuales reclamos de consumidores.

La implementación de BPM en heladerías artesanales chilenas, además, tiene una proyección estratégica. Un negocio que cumple estándares de inocuidad puede optar a programas de apoyo de CORFO, SERCOTEC o certificaciones privadas que validan el producto frente a hoteles, restaurantes y operadores turísticos. La experiencia internacional —particularmente en Italia y España— demuestra que el consumidor está dispuesto a pagar más por un producto artesanal que no solo es innovador en sabor, sino también confiable en términos de seguridad alimentaria.

De este modo, las Buenas Prácticas de Manufactura deben entenderse como una inversión y no como un costo. Permiten evitar sanciones regulatorias, optimizar y sistematizar procesos, al mismo tiempo que contribuyen  a una mejor reputación de nuestros locales y fábricas. Por este motivo, y sobre todo si queremos posicionarnos como referentes gastronómicos, para los heladeros artesanales chilenos el cumplimiento estricto de BPM no es opcional: es la condición técnica mínima para proyectar un negocio competitivo y sostenible en el tiempo y con su entorno.