Si el futuro del vino también se juega antes de llegar a la copa, una de sus capas más decisivas aparece justo en la superficie visible de la botella. Allí, antes del descorche, antes del servicio y antes de cualquier evaluación técnica, la etiqueta funciona como una primera forma de contacto.
Esa fue una de las lecturas que dejó Label Lab, iniciativa impulsada por Manter by Fedrigoni, presentada en el marco de Sitevinitech 2026 (nota incluida también en la web de Chef & Hotel). El proyecto reunió a 7 estudios de diseño trasandinos en un ejercicio poco habitual dentro del mercado, trabajar sin un briefing de marca tradicional.
Sin las restricciones de un cliente, una bodega o una línea comercial específica, la libertad creativa quedaba acompañada por una responsabilidad técnica: contar con imprentas capaces de reproducir esas ideas con fidelidad.
Ahí estaba parte del valor del proyecto. Label Lab iba más allá de presentar etiquetas como piezas decorativas. Eran el resultado de una colaboración entre diseñador, impresor y soporte. Papel, textura, relieve, tintas y terminaciones dejaban de ser detalles secundarios para transformarse en lenguaje.
La etiqueta, en ese contexto, identifica al vino y, a la vez, sugiere origen, activa el deseo y abre una primera conversación con quien todavía no ha probado la botella.
Uno de los casos presentados fue Label Lab by Dizen, construido a partir de dos símbolos universales, el ojo y el sol. El sol como energía, origen y fuerza vital; también como referencia a Argentina. El ojo como sensibilidad, mirada e intuición del diseñador. Desde esa combinación, la etiqueta proponía una idea potente… Ver lo que otros no ven.
Para Chef & Hotel, Joaquim Correia, director de exportaciones LATAM de Fedrigoni, lo resumió con una frase precisa: “Hoy en día, la primera botella la vende el diseño. La segunda, el enólogo si el vino es bueno”.
Dicha en una feria donde buena parte de la conversación giraba en torno a tecnología, maquinaria y eficiencia, la frase desplazaba el foco hacia otro lugar. La decisión casi automática que ocurre frente a una góndola, una mesa, una cava o una imagen compartida en redes. Antes de saber qué hay dentro, alguien mira una botella. La toca, la siente. La toma o la deja. La recuerda o la pierde entre muchas. Frente a códigos clásicos del vino -escudos, castillos, solemnidad heredada- la etiqueta puede volverse un puente hacia nuevas generaciones.
Una etiqueta puede informar, pero también provocar cercanía, curiosidad, pertenencia. En tiempos donde captar una mirada ya es parte de la competencia, esa primera impresión dejó de ser un detalle.