En la cúspide del empoderamiento de la generación nacida post Y2K, el mundo rebalsa de proyectos que nacen como estrategia, con el horizonte encuadrado en métricas. Pocos, en cambio, aparecen como una consecuencia inevitable de lo vivido. Melí-Meló pertenece a esa segunda categoría. No es un spin-off ni una evolución natural del emblemático Zanzibar. Es, como lo define una de las socias –Maxine Eijkman–, algo casi “antagónico”, pero que respira la misma alma.
RELOJ DE ARENA
La historia comienza lejos del MUT. Una playa, papel, lápiz, y cuatro personas: Susana Schnell y sus tres hijos –Maxine, Roxane y Alex–. Sin renders, sin relato armado. Tabula rasa. Una simple conversación, un retiro del mundo y una pregunta en suspenso. De ahí emerge una idea que no responde a tendencias sino a biografía, a trayectos que se anudan y a una intuición compartida que con el tiempo se vuelve forma.
Meli-Meló: sustantivo (francés): desorden, revoltijo, enredo. Como nombre no es un gesto estético, sino una declaración de identidad. Una familia de trayectorias cruzadas –distintos orígenes, miradas, sabores– traduce su lenguaje en una carta donde no hay países ni banderas, donde la experiencia no se ordena en territorios sino en sensaciones.
Aquí no se trata de maquetear cocina del mundo, sino de entregar una cocina con mundo: platos atravesados por lo vivido, pero sin necesidad de explicarlo. Esa decisión, que parece conceptual, termina siendo práctica. Define cómo se cocina, pero también cómo se come y cómo se siente lo que se come. Susana Schnell, otrora creadora y gestora de Zanzibar, no traslada aquí un modelo. Sus hijos no heredan el legado de un restaurante, sino un credo. Maxine viene del mundo corporativo; su hermano, de la ingeniería en energía renovable; Roxane, de la arquitectura. Tres rutas que convergen en algo que ya existía antes que cualquier proyecto: una relación cotidiana con la cocina.
Meli-Meló: sustantivo (francés): desorden, revoltijo, enredo. Como nombre no es un gesto estético, sino una declaración de identidad. Una familia de trayectorias cruzadas –distintos orígenes, miradas, sabores– traduce su lenguaje en una carta donde no hay países ni banderas, donde la experiencia no se ordena en territorios sino en sensaciones.
ENTENDER LOS RITMOS
Haber crecido en Zanzibar no fue una escuela formal, pero sí una forma de entender los ritmos, los equipos, la hospitalidad. Más allá: infancias durmiendo en los comedores, con los sentidos capturados por aromas, colores y sonidos. Un trazado que hoy se hace círculo en Maxine, cuyo hijo pequeño vive ahora el despertar de Melí-Meló, tal como alguna vez ella sintió el hogar en Zanzibar, hace más de dos décadas. Por eso la decisión más importante no fue estética ni gastronómica, sino humana: el equipo.
El grupo que funcionaba en Zanzibar –construido durante años, afinado en la práctica diaria– se trasladó completo. No como continuidad automática, sino como reconocimiento de un valor difícil de reproducir. Maxine lo dice sin rodeos: “En una cocina es muy difícil lograr un equipo sano… y cuando lo tienes, hay que cuidarlo”. La elección se hace sentir. La barra, la cocina, el servicio y los socios no operan como compartimentos, sino como partes de un mismo cuerpo. Hay una fluidez que no necesita explicarse, una forma de moverse que responde más a la confianza que a la estructura.
TOSTADA AVOCADO | pan tostado con palta y tomates confitados. TOSTADA CON HUMMUS | pan tostado con hummus y tomates confitados
CHIPIRONES | chipirones salteados con ajo, perejil y limón. TÁRTARO DE TRUCHA | trucha cortada en cubos con pistachos tostados y cítricos. ZANAHORIAS DORADAS | zanahorias asadas con yogurt griego
CANASTO DE PAN & CO | pan de masa madre con mantequilla y mermelada. MELÍ-MELÓ DE TOMATES | variedad de tomates con albahaca y piñones tostados. ALBÓNDIGAS DE CORDERO | albóndigas de cordero rellenas con queso de oveja, servidas con yogurt griego. HUMMUS DE LA CASA | hummus de garbanzo con verduras asadas
SIN ESTRIDENCIA
Para desarrollar la carta convocaron al chef Laurent Pasqualetto en un momento preciso: justo antes de partir a Francia. La invitación, en principio, era acotada –tres meses para construir una propuesta–, pero el proceso terminó generando algo más profundo. Lo que iba a ser un tránsito se convirtió en vínculo.
“En una cocina es muy difícil lograr un equipo sano… y cuando lo tienes, hay que cuidarlo”. La elección se hace sentir. La barra, la cocina, el servicio y los socios no operan como compartimentos, sino como partes de un mismo cuerpo.
Durante ese tiempo trabajaron en la casa familiar, lejos del ritmo de apertura, afinando una cocina que desde el inicio tuvo una dirección clara: producto, sencillez, carácter. El propio Pasqualetto lo resume sin adornos: “La idea era hacer una cocina sin artificio, respetando el producto”.
Laurent estuvo detrás del desarrollo gastronómico de Fork, donde consolidó una lógica de cocina directa, bien ejecutada, sostenida en el producto. La carta no busca impresionar, sino sostenerse en la humildad, la delicadeza y la precisión. Las Zanahorias Doradas –uno de los platos que más sorprende– no hacen otra cosa que llevar un producto cotidiano a su mejor versión.
BOLLERÍA | croissant, pan de chocolate. CANASTO DE PAN & CO | pan de masa madre con mantequilla y mermelada. LATTE DE CACAO AMARGO | espresso con cacao real y espuma suave. SHAKSHUKA | huevos en salsa de tomate y pimento. con queso de oveja y hierbas aromáticas. BENEDICTINO | huevo pochado, espinaca blanquead con salsa holandesa sobre brioche
INFUSION FRESH | limón, pepino, menta. CARROT CAKE | queque de zanahoria con especias suaves. MATCHA LAVANDA LATTE | matcha infusionado con lavanda. GRANOLA CRUNCH | granola casera con yogurt y frutas de temporada. BANANA BREAD | queque de plátano con chips de chocolate envuelto en manjar
MÓ | cítrico, herbal y seco. A base de pomelo, ruibarbo, limón, tónica. INFUSION GLOW | naranja, zanahoria, cúrcuma. COOKIES | mix de tres cookies (chips de chocolate, almendras con naranja y chocolate). TARTA VASCA | tarta cremosa con centro suave y bordes dorados. BOWL DE HELADO | dos bolas de helado a elección. TORTA DE CHOCOLATE | torta de chocolate acompañado con turrón de frutos secos. LEMON CAKE | queque fresco con limón y arándanos
Lo mismo ocurre con el Hummus de la Casa, las Papas Ecrasé, las Albóndigas de Cordero, las Accras de merluza o las opciones de desayuno y brunch como el Shakshuka y los Huevos Benedictinos (con salmón o con tocino). No hay relatos forzados.
Aparece una forma de pensar la experiencia: los platos funcionan como unidades abiertas, pensadas para combinarse. Hay sugerencias –los brunch o los menús del día–, pero no un recorrido impuesto. Comer aquí no es seguir una secuencia, sino construirla. O, como dice Pasqualetto: “No se trata de hacer mucho, sino de hacer bien las cosas”. Si bien ni el pan ni los helados son de producción en el lugar, se trabaja con La Popular y El Taller, respectivamente, ambos proyectos que comparten los mismos valores.
La carta no busca impresionar, sino sostenerse en la humildad, la delicadeza y la precisión. Las Zanahorias Doradas –uno de los platos que más sorprende– no hacen otra cosa que llevar un producto cotidiano a su mejor versión.
ESPACIO INTERIOR
Escapar del frío del metal, subir al nivel 3 del MUT, respirar la terraza y entrar a Melí-Meló es abrirse hacia la luz y dejarse descomprimir. Ventanales amplios, madera clara y vegetación que no decora, sino que acompaña. El contraste con la arquitectura del edificio –ductos expuestos, alturas industriales– es evidente, pero no se esconde: se integra. Y en esa integración aparece algo difícil de lograr: una sensación de calma, incluso de pausa.
Hay algo de taller en el mobiliario, en las proporciones, en los vidrios que simulan añejamiento, en la manera en que el espacio no se siente terminado, sino en proceso. Las mesas largas invitan a compartir sin imponerlo; las más pequeñas permiten recogerse. La luz cambia durante el día y con ella cambia también la experiencia.
En medio de esa escala mayor, Melí-Meló construye una voz propia, más lenta y cercana. Como lo dice Roxane: “La idea era hacer un lugar al que uno quisiera venir siempre, no solo en ocasiones especiales”.
UN MISMO IDIOMA
El café aquí no es un complemento ni un cierre. Es parte del mismo lenguaje. En Melí-Meló trabajan con café de especialidad tostado por Andariego Coffee Roasters y desarrollan un blend propio, con un perfil pensado para el lugar y también para venta. No es un gesto accesorio: es coherente con la lógica de construir identidad desde el detalle.
Escapar del frío del metal, subir al nivel 3 del MUT, respirar la terraza y entrar a Melí-Meló es abrirse hacia la luz y dejarse descomprimir. Ventanales amplios, madera clara y vegetación que no decora, sino que acompaña.
“El café no es algo aparte… por eso queremos un blend propio, que tenga que ver con nosotros”, explica Roxane. Y en la barra, un elemento condensa mejor que ninguno esa idea de continuidad: la máquina. Una Nuova Simonelli Appia II que no salió de un showroom, sino del Teatro de Chillán. Una pieza con historia, con uso real, con tiempo encima. Recuperarla, restaurarla y volver a ponerla en circulación no es una decisión estética, sino una forma de entender el oficio.
Melí-Meló lleva dos meses abierto. No es un lugar que busque enceguecer. Busca, más bien, encontrarse con quien entra. Una clienta lo agradeció en un correo que el equipo ya atesora: la experiencia le recordó los almuerzos donde su abuela. No por nostalgia construida, sino por un efecto que se vuelve afecto.
Es un taller donde la cocina es entrega, donde no hay lujo estéril, sino regocijo en la claridad. Y donde aparece algo más profundo: la recuperación de lo vivido, el respeto por los procesos y las historias, algo que solo se consigue habiendo vivido varias vidas en una sola. En medio del cemento, eso se siente como una brisa fresca. O como estar en casa.
Melí-Meló
- MUT (Mercado Urbano Tobalaba), Piso 3 Terraza
- Instagram (@melimelo.restaurante): https://www.instagram.com/melimelo.restaurante/
- Horario: todo el día todos los días.
- Web: https://www.melimelo.cl/