• Marión

    Marión Garín

    Sommelier de Té y Tea Blender certificada por Tea Institute Latinoamérica y El Club del Té.
    Con instrucción en la Ceremonia Japonesa del Té, otorgada por MOA Chile.
    Asesora para la marca Kombuchacha y miembro del Equipo de Colaboradores de Tea Institute Latinoamérica.

Aquella lágrima de la India

Sri Lanka enfrenta su crisis económica más grave desde que se independizó de los británicos en 1948. En este contexto, cobra un conmovedor sentido su apodo de “lágrima de la India”, y nuevamente el té juega un rol crucial en su porvenir


A comienzos de julio, una escena dio la vuelta al mundo: manifestantes ceilaneses bañándose en la piscina presidencial, mientras el mandatario de Sri Lanka huía del país. Será, sin duda, uno de los tantos extraños episodios que constituirán el legado de estos últimos años de crisis global.

Como estudiosa del té, he venido observando con preocupación la situación del país, reflexionando sobre la intrincada urdimbre que existe entre el cultivo de la Camellia Sinensis y el entorno socioeconómico que la rodea.

 Y es que Sri Lanka es famosa por la calidad de sus tés, provenientes de zonas emblemáticas como Dimbula o Nuwara Eliya. La variada geografía de la isla, sumada a dos monzones anuales que la visitan por la costa oriental y occidental, respectivamente, genera microclimas que crean perfiles organolépticos versátiles y reconocidos a nivel mundial. Tanto es así que el té representa una de sus principales exportaciones, y Chile se encuentra dentro de sus 10 mayores compradores.

Por esta razón, las alarmas saltaron cuando, en 2021, el presidente Gotabaya Rajapaksa prohibió la importación de agroquímicos, con el fin de reconvertir la agricultura del país hacia una modalidad orgánica. El problema fue que no preparó adecuadamente a los agricultores y, a pesar de que la prohibición fue levantada un semestre después, provocó una masiva pérdida de cosechas, en especial de arroz, lo que ha puesto en grave riesgo la seguridad alimentaria de la población.

Esta situación se cuenta entre los detonantes de la actual revuelta popular, aunque es justo señalar que la pandemia también hizo su contribución, devastando la industria turística de la isla y sumando así una nueva causa para el déficit de divisas. Así, tenemos hoy un país cuya inflación ha sobrepasado el 50%, sin capacidad económica para solventar las importaciones que requiere - entre ellas el petróleo, encarecido además por la guerra ruso-ucraniana - y mucho menos para hacer frente a su enorme deuda externa.

En este escenario, me he preguntado por el futuro de la industria tealera: ¿podrá sobreponerse?

En una entrevista concedida al periódico The Hindu Business Life, Niraj De Mel, Presidente de la Sri Lankan Tea Board, reconoce que la contingencia ha afectado las cosechas, pero asegura que el conflicto político está centralizado en Colombo y no afecta el día a día de las plantaciones, mostrándose confiado en que el país no perderá su posición como uno de los principales exportadores de té del mundo.

Sin embargo, la prensa internacional reporta que efectivamente la cotidianidad de las fábricas se ha visto perturbada por los constantes apagones y el déficit de combustible, esencial para el transporte de las hojas desde las plantaciones hasta los centros de procesamiento.

Por otra parte, la Asociación de Exportadores de Té de Sri Lanka revela una disminución en la producción de té de 23.08 millones de kilos en el período enero-mayo de 2022, respecto de igual período en 2021, y concluye que la competitividad global del té de Ceilán dependerá de su habilidad para sortear los problemas que afectan a la industria, entre los que se destacan el cambio climático y la devaluación de la rupia.

Es de esperar que la producción de té repunte, pues su exportación es para la isla una forma de generar divisas -muy bienvenidas pues le urge responder a sus compromisos internacionales - e incluso una moneda de cambio: en diciembre de 2021 Sri Lanka llegó a un acuerdo con Irán para pagar en té la deuda de petróleo que mantiene con este último país y que asciende a la suma de 251 millones de dólares.

Quienes valoramos el té, deseamos que la lágrima de la India pueda superar este amargo trance, no sólo por el bien de un terroir excepcional, sino también por un imperativo humanitario y el anhelo de que la agricultura tenga un futuro sostenible, que traiga bienestar y estabilidad a todas las sociedades que viven en función de ella.




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