Paula Nazal, El pisco y el amor propio: una historia que urge contarse

Paula Nazal, El pisco y el amor propio: una historia que urge contarse

PAULA NAZAL SELAIVE | Socia bar La Providencia, Amante del Pisco, designer, @latinotype

Chile es un país de contrastes. Largo, delgado y diverso. Podemos atravesar cordillera, valle y mar en un solo día. Somos una nación contenida entre dos extremos: desiertos y glaciares; volcanes activos y bosques lluviosos; playas calmas y los mares más furiosos del planeta. Un paraíso para el turismo, sí, pero también el reflejo de una identidad compleja, moldeada por el territorio, la historia y las adversidades.

Porque no solo somos paisajes. Chile es también una construcción cultural profunda: la mezcla viva entre pueblos originarios, colonos, migraciones sucesivas y una geografía que exige adaptación y reinvención constante. Esta mezcla dio origen a nuestra gastronomía, a nuestra forma de ver el mundo y, por supuesto, a nuestras bebidas más representativas.

Pero aunque tenemos mucho para sentirnos orgullosos, tendemos a mirar lo nuestro con indiferencia. Valoramos más lo importado que lo que brota de nuestra tierra. Lo ajeno nos deslumbra, mientras lo propio nos parece común. Y tal vez el mejor ejemplo de esto sea el pisco, tan nuestro, tan presente, que se volvió invisible.

Lo hemos reducido a una piscola en un carrete de fin de semana. Pero es mucho más que eso. Es un producto de la tierra, hecho con uvas que crecen bajo los cielos más limpios del planeta, en cinco valles del norte de Chile. Es un destilado fino, hecho a partir del vino, del que se extrae solo el corazón: el alcohol más noble, sin impurezas. Entonces, ¿por qué no beberlo solo, a lo más con un par de hielo, para así sentir sus notas al desnudo? O elevarlo para que sea la columna vertebral de un cóctel, como es el caso del Pichuncho, receta que habla de nuestras raíces campesinas y que posee un origen fascinante, lleno de detalles.

El pisco no es solo una bebida: es historia líquida, es territorio embotellado, es identidad que aún no hemos aprendido a mirar con cariño. Detrás de cada botella hay tradición y oficio, familias que cultivan con pasión sus parras desde hace generaciones, artesanos que construyen alambiques con cobre chileno, y una historia que se remonta a la llegada de las primeras parras españolas, que se adaptaron al territorio y dieron origen a nuevas variedades que hoy en día son la esencia del pisco que nace en nuestro país, como la Pedro Giménez y las diversas moscatel: de Alejandría, Rosada o Pastilla, de Austrias, Amarilla y Negra.

Pero el pisco es más que todo eso, es también parte de nuestra historia heroica, debido a que fue compañero de nuestros soldados durante la Guerra del Pacífico y símbolo de identidad en la toma del Morro de Arica. Ellos, en sus cantimploras, llevaban más que una bebida, llevaban una forma de pertenecer ¿Cuántos conocemos hoy esa historia?, ¿por qué no nos la enseñan en el colegio?, ¿por qué no está en nuestros libros, en nuestras vitrinas, en nuestras conversaciones?

Tal vez la respuesta esté en nuestra relación ambigua con el alcohol. Somos un país donde beber en la vía pública es delito, donde las patentes de alcohol para restaurantes y bares son difíciles de conseguir, y donde los impuestos castigan al pisco como si fuera un whisky importado, por lo que parece que hemos aprendido a temerle, más que a entenderlo. Por eso, el problema no es el producto, sino el vacío que hay en torno a su cultura.

No se trata de romantizar el alcohol, sino de conocer lo que hay detrás de lo que tomamos, de entender que valorar nuestro pisco es, también, una forma de valorarnos a nosotros mismos. Porque cuando conocemos la historia de lo que producimos, entendemos mejor quiénes somos.

Necesitamos rescatar nuestro relato. Hablar del pisco como se habla del vino en Francia, del tequila en México o del whisky en Escocia. Enaltecerlo no es una moda, es una tarea cultural. Necesitamos formar embajadores del pisco, personas que lo conozcan, lo expliquen, lo defiendan. Darle visibilidad a los buenos productores, apoyar su trabajo, y hacer que este producto deje de vivir a la sombra de lo importado. Existen entidades gubernamentales que se encargan de ayudar a los pisqueros a llevar nuestro producto al extranjero, pero no es suficiente. Necesitamos un trabajo más profundo, que se arme una base para que así los chilenos seamos comunicadores apasionados.

Conocer nuestro pisco es conocernos mejor. Es reencontrarnos con nuestras raíces, con nuestra geografía, con nuestra historia y con nuestro talento. Y en un país donde el amor propio a veces escasea, el pisco puede ser, curiosamente, una forma de empezar a cultivarlo.

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