Clásico de la coctelería

¿Es irlandés el café irlandés?

¿Es irlandés el café irlandés?

• El legendario coctel de whisky y café posee una curiosa historia que mantiene vivo su legado hasta el día de hoy

La respuesta a la pregunta: ¿es realmente irlandés el café irlandés? es sí, la verdad es que nació en Irlanda y sigue siendo un ícono popular del país insular, aunque más popularizado en Estados Unidos.

Antes incluso de la tercera ola del café y el gran estallido de la especialidad, el café irlandés se ganó un lugar en la carta de bebidas de todo tipo de bares y cafeterías. Hoy poco valorado, especialmente entre las generaciones más jóvenes, este combinado tiene sin embargo una curiosa historia detrás que mantiene vivo su carácter mítico.

HISTORIA

Combinar café y bebidas alcohólicas destiladas era una práctica común antes de la invención del café irlandés. Una vez popularizada esta infusión de granos molidos, se extendió entre todas las capas sociales, preparada como las condiciones lo permitían. En Europa se extendieron los  cafés estilo vienés o parisino, en lugares de tertulia donde hacer vida social. En el surtido de recetas que fueron engrosando la oferta austríaca destacaron elaboraciones como Pharisäer y Fiaker, con alcohol. De hecho cada país desarrolló su propia versión de café enriquecido, más o menos sofisticado.

Todo se situó en Irlanda, en 1940, concretamente en  Foynes, condado de Limerick, provincia de Munster. Tras la Primera Guerra Mundial esta localidad se convirtió en punto clave para el país, foco de atracción de viajeros americanos de cierta posición económica, que entraban a Irlanda y Europa gracias al aeropuerto internacional. Empresarios, hombres de negocios y famosos de la época pasaron por sus instalaciones, con figuras hollywoodenses como Douglas Fairbanks, Maureen O’Hara o Marilyn Monroe, y políticos como Franklin D. Roosevelt o John F. Kennedy.

Así fue como un emprendedor, Brendan O’Regan, abrió en 1943 una modesta pero lucrativa cafetería-restaurante en el mismo terminal que no tardó en ganar fama. El mérito fue del chef Joe Sheridan, cuyos platos se hicieron célebres e imprescindibles entre viajeros y visitantes.

Ese mismo año el capitán de un avión que había despegado rumbo a Estados Unidos, avisó al aeropuerto que debía volver. Había tormenta y era imposible continuar, así que los pasajeros se encontraron de vuelta en tierras irlandesas, cansados y con mucho frío. Los empleados de las instalaciones alargaron la jornada para dar asistencia a los viajeros. Sheridan entonces improvisó una bebida caliente para confort de la gente: preparó café al cual le añadió whisky, iniciativa que tuvo gran acogida entre los congelados pasajeros. Ante el entusiasmo recibido trabajó un poco más la receta.

El chef precisó las proporciones y añadió nata semimontada a su creación, redondeando el éxito entre los comensales. ¿El secreto? No fue el café, simplemente un buen whisky irlandés. Su jefe, al conocer la hazaña, no dudó en bautizar la bebida como Irish Coffee, y darle un lugar destacado en la carta. El nuevo coctel se convirtió para viajeros y trabajadores en uno de los más solicitados.

En 1945, cuando el local tuvo que cerrar, Sheridan comenzó a trabajar en el aeropuerto de Rineanna, hoy Aeropuerto Internacional de Shannon, segundo en Irlanda después del de Dublín. Se llevó consigo la receta del café, continuando así la expansión de su fama por Irlanda, Europa, y pronto, todo el mundo, ya que no tardó en instaurarse como una especie de bebida de bienvenida al país.

LA LEYENDA CONTINÚA

En 1951, el escritor estadounidense Stan Delaplane desembarcó en Irlanda y probó, cómo no, el famoso brebaje. Encantado con el descubrimiento, compartió el hallazgo con su amigo Jack Koeppler y le pidió que lo reprodujera. Koeppler era propietario del café The Buena Vista, por entonces un modesto local en San Francisco, pero ni él ni sus empleados lograron el resultado esperado.

Con una Europa todavía sufriendo la dura posguerra, Joe Sheridan no dudó en cruzar el Atlántico cuando Koeppler le ofreció el puesto de chef en su negocio. Así, gracias en parte a la promoción que hizo Delaplane en el periódico The San Francisco Chronicle, la genuina bebida convirtió al Buena Vista en un lugar de peregrinaje para locales y turistas.

El café Buena Vista y su mítico combinado es hoy uno de los puntos de atracción más conocidos de San Francisco, con sus carismáticos garzones, ataviados con chaquetilla blanca y corbata. Dicen que preparan 2.000 combinados de café irlandés al día, y su preparación sigue el mismo proceso que llevan manteniendo casi 70 años.

RECOMENDACIONES DE PREPARACIÓN

Al ser una bebida popular, y en el fondo, muy sencilla, el café irlandés admite muchas variantes y versiones más elaboradas o fantasiosas. Se puede servir en copa o vaso de cerveza, como en el Buena Vista, o con la ya popular jarra con asa. Debe ser de cristal o vidrio transparente y con boca ancha.

Ingredientes:

- 2 ó 2,5 partes de whisky irlandés

- 4 partes de café filtrado

- 1 ó 2 cucharadas, aproximadamente, de azúcar blanca o rubia

- 50 ml., aproximadamente, de nata o crema batida, semimontada

Es fundamental que el destilado sea irlandés, y tan de calidad como el café y la nata. El cuanto al café, no sirve el espresso, hay que evitar la crema y un cuerpo demasiado fuerte o un aroma excesivamente pronunciado, ya que podría matar el sabor del whisky.

Un toque de nuez moscada o canela molida son admisibles como decoración, dicen los expertos, no así los siropes verdes de menta y similares que pretenden hacer referencias al carácter irlandés del coctel.

Se puede preparar en dos o tres capas, siendo la primera la más genuina. Para ello se templa el vaso con agua caliente, se prepara un café de filtro o tipo americano, y se combina con whisky y azúcar, removiendo bien hasta su disolución. Esta mezcla se lleva al vaso previamente vaciado.

A continuación hay que montar la nata dejándola con textura de crema batida, sin burbujas de aire visibles y sin formar puntas. La clave está en poder verter la nata poco a poco, con la ayuda de una cucharilla, para lograr esa cobertura sedosa que imita la espuma de una cerveza negra.

Otra opción es disolver el azúcar en un poco de agua caliente, creando un almíbar, o calentarlo directamente en el whisky y/o café, aunque es un paso prescindible. Hoy es común montar el coctel en tres capas: primero un fondo de alcohol con azúcar, después se echa el café y se termina con la nata.

Este coctel hay que servirlo recién hecho para apreciar los matices que hacen de su degustación un placer: el contraste delicado de sabor, temperatura y textura, con la bebida caliente y la nata fría, fundiéndose poco a poco. Flambear la copa, al estilo del verdadero carajillo (bebida hecha con café y licor de diferentes tipos), tampoco es un paso que forma parte de la bebida original, aunque resulta llamativo de cara al cliente.

Frente a la moda de lattes y nitros, el café irlandés se reivindica hoy como un coctel más adulto pero accesible a todo tipo de consumidores, gracias a la equilibrada combinación de infusión amarga, whisky, azúcar y melosa nata. Aromático, dulzón sin resultar empalagoso, reconfortante y también festivo, es la gran alternativa para homenajear a Irlanda en San Patricio, si la cerveza stout o el puro destilado no son de nuestro agrado.

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