CAZADORES

Del Tercer Milenio

Rodolfo Gambetti icon  COLUMNA por Rodolfo Gambetti

Si de gastronomía se trata, el invierno es tiempo para hablar de caza. Ojalá de caza mayor. Hace sus buenos años, a tiro de piedra de Plaza Italia estuvo el distinguido restaurante Portada Colonial, de Felipe Rabat y Ángela Grael, donde preparaban un excelente ciervo rojo. Para sentirse en Europa Central bastaba con llegar a Vitacura, tras esos caldos suculentos y carnes especiadas del restaurante Praga. Con el ciervo de manos del auténtico Karl Klimscha y su famosa liebre San Hubertus. Para jabalí, el Centre Catalá de esos días.

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En caza local, con muchas menos pretensiones, había bastante. Y conseguido de propia mano. Yo disfrutaba la caza, hace mucho. De madrugada, en los inviernos colchagüinos, buscando el paso las tórtolas, acariciando el familiar tacto de madera y acero de la escopeta. Recorriendo potreros que, de improviso, estallaban en la algarabía fugitiva de una perdiz. O de noche, en vehículo abierto, con foco y batería, disparando a conejos a la carrera entre rastrojos, con una chiquillería ruidosa que los recogía.

¿Remordimientos? No. Conejos, liebres y tórtolas eran plaga en los cultivos. En la generación anterior también lo eran las grandes torcazas de patas rojas, que se contagiaron con epidemias de gallinero. Y la cacería no era por torpe alarde de llenar sacos de tórtolas, sino de lograr unos pocos trofeos que pusieran sabor a historias simples. Para convertirlos en polenta con pajaritos, como la gente del norte de Italia. Para volver escabeche, lentamente, una perdiz, como cuando no había conservas en lata. O para esperar que la carne oscura de alguna liebre se transfigurara en delicioso civet, con la receta de mi madre.
Ahora se alzan condominios donde cacé en la zona central, con esas inocentes historias de caza de lo que estuve a punto de atrapar, y no pude. De Santiago a la costa existía media docena de tranques y lagunas, con pejerreyes y carpas y otros bocados que la sequía de la última década se encargó de eliminar.

La cacería tenía mucho de meditación. En el frío invernal de antes del amanecer, en la fantasmal luminosidad azul, pateando barro o ascendiendo rocas, atravesando alambradas y matorrales. Concentrado, tratando de leer las huellas de la tierra y el aire, con ansias de pasar inadvertido. Jugándolo todo en la tarea, pero con la posibilidad de fascinarse con una diminuta caravana de codornices en familia…todas las aves detrás del padre con su penacho. Y aprender algo de ello. Sin duda el hombre fue tallando la humanidad en este proceso, indispensable para vivir un día más, por miles de generaciones.

Así fue el mundo por muchos años. Como cuando unos campesinos con unos conejos y algunos caracoles de la viña, más un puñado de arroz inventaron, quizá dónde, la paella.

Pero hoy, el paisaje, el cazador y la presa se desdibujan. La imagen se altera. Si Platón dijo que la verdad nunca la vemos tal cual es – sino apenas su sombra, proyectada en el fondo de una caverna –, ahora la realidad se nos presenta encerrada en una pantalla. No son las sombras chinescas del siglo XIX, sino imágenes digitales, bio-injertadas en nuestro cerebro. Como lo explica Matrix, también en una pantalla…Ese indispensable manual de humanos del Tercer Milenio.

En aquellos tiempos la cacería nos acercaba al pasado común. Para probar los mismos sabores que los auténticos cazadores conocieron. Y sentir aquellos estímulos esenciales (hiel, sangre, pluma, pelo, huida, combate) que narraron en cánticos que hace mucho no se escuchan.

Eran experiencias vivas, reales, a pesar de Platón. Cazar para comer.

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En cambio, siento un terror primitivo frente a la identidad de los cazadores del siglo XXI. Solos o en pandillas, ajenos al arte de leer las huellas, las ramas quebradas, los vestigios de pelo en las zarzas: sólo hipnotizados por sus pantallas luminosas. Ya no es la partida de amigos en cacería, que culminan el día con un asado: ahora se trata de una muchedumbre de zombies desatados por todo el mundo. Aprendieron de las películas de muertos vivientes, tan populares. Con celulares en vez de escopetas, buscando víctimas que no son comestibles. No rastrean, no acechan, no meditan.

Podría decir como Juan el Evangelista en el Apocalipsis, que “vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido. Y el mar ya no existía”…

Porque, ¿quién será capaz de preparar un plato siquiera comestible, con alguna de las variedades de pokemones recién cazada?